EL BHAGAVAD GITA

El “Bhagavad Gita”, que significa en sánscrito “Canto del Señor”, es un poema sagrado hindú que forma parte de la extensa epopeya “Mahabharata”. Con frecuencia, el Bhagavad Gita es llamado simplemente “Gita”.

Se desconoce el autor y la fecha en que se compuso, estudiosos la sitúan alrededor del siglo III a C. Su contenido es la conversación entre el Señor Krishna y su discípulo Arjuna, en el campo de batalla, en los instantes previos al inicio de la Guerra de Kurukshetra, sobre qué es la realidad y cuáles son  los medios para llegar a la autorrealización. Respondiendo a la confusión y el dilema moral de Arjuna, Krishna explica a este sus deberes como guerrero y príncipe.
El Bhagavad Gita es considerado una guía breve de la filosofía hindú, un faro de la eterna sabiduría con la capacidad para inspirar a cualquier persona a alcanzar el logro supremo de la iluminación.
El siguiente texto está  extraído de “El Gita, un torrente de sabiduría”, de Sathya Sai Baba.

“¿De qué sirve esperar a que las olas se calmen antes de meterse en el mar? Nunca cesarán. El nadador prudente aprende a esquivar la acometida de la ola y el arrastre de la resaca. Pero el baño en el mar es esencial, ¡mas algunas personas evitan hasta eso porque son demasiado perezosas para aprender ese arte, Arjuna! Protégete con la armadura de la fortaleza y los golpes de fortuna, buenos o malos, nunca podrán lastimarte.

Fortaleza significa mostrar ecuanimidad ante los opuestos, sostenerse valientemente ante la dualidad. Es el privilegio de los fuertes, el tesoro de los valientes. Los débiles se agitarán como las plumas del pavo real, siempre inquietas, sin estar fijas ni un momento. Se mecen como el péndulo de un lado a otro; una vez hacia la alegría, el siguiente momento hacia el pesar.

Aquí debemos poner énfasis sobre un concepto. La fortaleza es diferente de la paciencia. Fortaleza no es lo mismo que paciencia. Paciencia significa soportar algo, tolerarlo, aguantarlo, porque no hay otro remedio, pero tener la capacidad de dominarlo y, sin embargo, hacer caso omiso de ello… ésa es la disciplina espiritual. Tolerar pacientemente el mundo externo de la dualidad, con ecuanimidad y paz internas… lleva al Sendero de la Liberación. Soportarlo todo con analítico discernimiento es el tipo de paciencia que dará buen resultado.

Generalmente, el hombre busca sólo felicidad y alegría. ¡Nada le hará desear la desdicha y el dolor! Considera a la felicidad y a la alegría como sus más allegadas amigas, y a la desdicha y al dolor como sus enemigos declarados. Esto es un grave error. Cuando uno está feliz, el riesgo de sufrir dolor es grande; el temor de perder la felicidad lo obsesiona. La aflicción conduce a la indagación, al discernimiento, al auto examen y al temor de cosas peores que es de suponer podrían ocurrir y despierta a uno de la pereza y de la fatuidad. La felicidad, en cambio, hace a uno olvidar las obligaciones para consigo mismo como ser humano y arrastra al hombre hacia el egoísmo y hacia los pecados que este egoísmo hace cometer. El pesar vuelve al hombre alerta y vigilante.

Así, el sufrimiento es un amigo de verdad, no así la felicidad, que agota la existencia del mérito que se había acumulado y despierta las pasiones más bajas. Por eso es en realidad un enemigo. En cambio, el sufrimiento en verdad abre los ojos e incita a pensar y a dedicarse a la tarea del propio mejoramiento. También proporciona a uno nuevas y valiosas experiencias. La felicidad, por el contrario, corre un velo sobre las experiencias que fortalecen la personalidad y le dan entereza. Por eso, las dificultades y las fatigas deben ser tratadas como amigas; o, por lo menos, no como enemigas y lo que es mejor, considerar ambas, felicidad y desdicha, como dones de Dios. Ese es el sendero más fácil para la propia liberación.

El no saber esto constituye la ignorancia básica. Una persona así de ignorante está ciega; en verdad, la felicidad y la desdicha son como el ciego, quien debe siempre hacerse acompañar por alguien que pueda ver. Cuando se le da la bienvenida al ciego, forzosamente tiene que recibirse también al hombre que tiene vista, puesto que es el constante compañero del ciego. Así también, la felicidad y la desdicha son inseparables; no puede escogerse solamente a una. Uno se siente feliz en contraste con la aflicción.” Así dijo Krishna a Arjuna, para enseñarle lo insignificante de toda dualidad.

Un héroe es aquella persona estable a quien no agitan los vaivenes de las rugientes olas del mar de la vida, la que no pierde la calma porque la ha convertido en parte de su naturaleza; la que se aferra a su disciplina espiritual, sin dar importancia a la atracción o a la distracción. Sabio es aquel que no se siente afectado por el siempre presente dualismo del mundo de los objetos.

No es el traje ni el bigote lo que identifica al hombre. La hombría viene cuando se rechaza la dualidad. Para merecer la condición de hombre, antes se debe obtener la victoria sobre los enemigos internos, más que sobre los externos. La proeza consiste en conquistar a esos enemigos gemelos que son la alegría y el dolor.”

Fuente: http://espiritualidaddiaria.infobae.com